Posts Tagged ‘isla de leon’

…por la culpa de unos muertos

25 noviembre, 2015

Acabo de oír que el municipio de Calasparra desea recuperar la basura espacialque cayó en sus campos hace unos días. La quieren exponer públicamente para atraer a curiosos y sacarle una pesetillas a la cosa…

Basura_Ecce_Homo

…y eso me recuerda aquella desastrosa restauración del Ecce Homo del Santuario de Misericordia de Borja (Zaragoza), que al final era tanta la gente que quería ver el desastre que tuvieron que pedir un euro por cada vistazo a la obra.

Calasparra y Borja, dos pequeñas poblaciones españolas que se agarran a un clavo ardiendo para buscar incentivos y atraer visitantes. En ambos casos les cae del cielo (nunca mejor dicho) una ocasión que no desaprovechan, por minúscula que sea…

…y, sin embargo, aquí, en San Fernando, la vieja Isla de León, hemos descubierto, en el antiguo Polígono de Tiro Naval Janer, OTRA necrópolis fenicia. En este caso tiene (creemos que tiene, porque existe un secretismo notable sobre el informe arqueológico preceptivo) cerca de cuarenta estructuras funerarias y varios alfares fenicios y romanos, concentrado todo eso en pocos metros cuadrados…

…que vamos a dejar enterrados porque quieren construir OTRO jodido y vulgar parque empresarial y comercial justamente encima. Pero el colmo de la estupidez es que ya tenemos en la ciudad dos parques industriales vacíos y sin actividad, y tenemos en el entorno de la ciudad no-sé-cuantos centros comerciales… Servidor conoce y comprende cada vez menos cosas, pero veo que aquella linde de expansiones burbujeantes se ha acabado, y veo que los tontos siguen en sus trece. Siguen pensando que progresar es construir castillos en el aire sin que exista en el suelo-real una pujanza empresarial sostenible.

Amantes_San_FernandoLos amantes de San Fernando. Necrópolis neolítica del Campo de Hockey

Son notables las voces que se alzan contra la estulticia de ningunear el yacimiento de Janer, pero por lo que se ve, los intereses económicos de unos, y la demagogia de algunos políticos, se superponen a la visión de un futuro económico radicalmente sostenible. Basado en lo que realmente enriquece a San Fernando y nos hace singulares: nuestra historia y el patrimonio histórico que la nutre (sin olvidar un Parque Natural extraordinario)

En eso sí que somos afortunados. No tenemos que esperar que nada nos caiga del cielo. Lo tenemos enterrado en nuestro suelo. Y eso es, en buena lógica, lo que deberíamos potenciar en pos de un futuro mejor. Pero no… el ex alcalde dijo en su día que por culpa de unos muertos había que retrasar las obras de un parque empresarial para el que no hay empresas. Y, por su lado, la actual alcaldesa, por el momento, ni está ni se la espera en la defensa del patrimonio arqueológico de Janer. ¡Ojalá me equivoque!

Y no es la primera vez que ocurre esto en San Fernando. Ya tenemos OTRAnecrópolis, esta del neolítico, de hace 6000 años de extraordinario valor histórico y visual… enterrada debajo de un vulgar campo de hockey.

Y servidor sigue sin entender…

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Miles de muertos yacen en el Cementerio de los Soldados

29 octubre, 2015

Este artículo se publicó el 1 de noviembre de 2015 en el periódico digital El Castillo de San Fernando

«Hay en San Fernando, a orillas de la Bahía de Cádiz, muy cerca de la llamada Casería de Osio, un cementerio olvidado pero repleto de historias y de algún héroe anónimo»

Parecía la cabeza de un fémur humano pulido por el mar. Había perdido la superficie ósea y se apreciaba la filigrana esponjosa del interior. Lo encontré en la orilla de la bahía, detrás del Cementerio de los Soldados (…de San Carlos, de los franceses o de la Casería, que de tantas formas se nombra) Lo más probable es que perteneciera a un soldado o marinero español fallecido en el Hospital de San Carlos durante el siglo XIX. Es lo más probable.

Hay más de cinco mil setecientos muertos enterrados en ese camposanto de la Isla (5.782 exactamente) Fue un cementerio católico, y hoy apenas es un solar abandonado y rodeado parcialmente de muros ruinosos. No tiene cruces, es un camposanto sin lápidas y sin epitafios. Nadie lo visita cada primero de noviembre. Nadie limpia los nichos… porque los nichos se derrumbaron hace lustros. Nadie lleva flores ni llora a sus muertos, porque nadie recuerda a los difuntos que allí reposan. Los restos de todos ellos forman parte de una tierra que nutre la matalahúva que crece salvaje en el solar. No tiene puertas el Cementerio de los Soldados, y el calor lo abrasa, y los vientos lo barren, y la lluvia lo empapa…

No sabemos quién tuvo el dudoso honor de inaugurarlo. Podríamos suponer que fuera el primer prisionero francés que falleció el 20 de febrero de 1809 en el recién abierto Hospital de San Carlos (centro sanitario provisional que se habilitó expresamente para atender a los prisioneros franceses, y evitar así un desastre humanitario en las poblaciones de la Bahía de Cádiz) Este anónimo primer inquilino del cementerio pudo ser un marinero rendido con la escuadra del vicealmirante Rosily o algún soldado del general Dupont derrotado en Bailén. No lo sabemos. Lo que sí aseguramos es que fue uno de tantos franceses que padecieron el penoso encierro en los pontones-prisión anclados en mitad de la bahía gaditana.

Los dos primeros enterrados en el Cementerio de los Soldados, de los que tenemos conocimiento, murieron el primero de agosto de 1809 en el Hospital de San Carlos. Ambos, el sargento Jean Pinot, preso en el Cuartel de San Carlos, y el soldado Jean Brull, prisionero en el pontón Terrible, fueron atendidos de sus enfermedades en dicho hospital —condición indispensable para ser enterrado en su cementerio asociado—. Un total de trescientos trece franceses se inhumaron en él entre agosto de 1809 y febrero de 1810… y nada los recuerda. Ni una cruz, ni una lápida, ni un hito. Nada.

Y cuando en febrero de 1810, el mariscal Víctor puso sitio a las islas gaditanas, todos los prisioneros franceses, sanos o enfermos, fueron devueltos a los pontones. El Hospital de San Carlos se desalojó y se preparó para atender a los heridos españoles. Pero curiosamente, el primer muerto registrado no es un soldado, sino la hija de un empleado del hospital: Matea Callejas. Natural de Robledillo, huérfana de padre e hija de Manuela Cubillo, que se había casado en segundas nupcias con José Hernández Thomé, comisario de sala de dicho hospital. Matea falleció el siete de abril de 1810.

Y después de Matea el Cementerio de los Soldados acogió, entre 1810 y 1911, a 5.468 españoles fallecidos. Y entre ellos a los más de novecientos muertos en la defensa de La Isla de León durante el asedio francés de 1810 a 1812. Estos, y muchos más, defendieron la independencia del reino «…cuando España era una isla». Todos ellos cayeron mientras a sus espaldas se gestaba la primera constitución de nuestra historia. Y nada los recuerda en la vieja Isla de León. Ni siquiera un pequeño hito en el cementerio que los acogió rememora su sacrificio. Nada.

Reposan en la tierra del cementerio una veintena de franceses pertenecientes a los Cien Mil Hijos de San Luis; cinco hermanas de la Caridad; tres ahorcados y descuartizados; mujeres, niños, y también reposa Alberto Diz, un pobre mozo que trabajaba en la botica del hospital, y que cayó al pozo de la cocina el uno de enero de 1857. Mal empezó el año para el pobre Alberto. Y hay enterrado un pobre chaval de catorce años, aprendiz de carpintero, que se cayó de las gradas del arsenal mientras trabajaba en la reparación de la fragata Princesa de Asturias. Así mismo están inhumados en nuestro cementerio más de quinientas víctimas de la epidemia de fiebre amarilla de 1819; y más de setecientos prisioneros carlistas que murieron de enfermedad entre 1837 y 1841. ¿Qué hacían esos prisioneros carlistas en la Isla de León? Sí, hay muchos muertos y muchas historias enterradas en el Cementerio de San Carlos… y nada los recuerda.

El último enterramiento del que tenemos constancia documental ocurrió el seis de septiembre de 1911. Ese día el capellán del Hospital de San Carlos, don Daniel Burgos, mandó «dar sepultura eclesiástica en el cementerio del establecimiento al cadáver de Manuel Teiro Muiños», un gallego de Sada que fue marinero de la dotación del Carlos V. El pobre había muerto el día anterior de fiebres tifoideas. Tenía veinte años y era soltero.

Y ojalá el pobre galleguiño fuera el último enterrado en el viejo cementerio. Ojalá, porque si los muros hablaran conoceríamos la áspera voz de los fusilamientos, y tal vez pudiéramos poner nombre a los republicanos muertos, víctimas de una represión criminal que permanece impune. Hombres asesinados sin juicio y echados tal vez al osario común. Nunca sabremos con seguridad quienes fueron los últimos enterrados en este viejo cementerio… y nada los recuerda. Nada.

Este camposanto es un valioso patrimonio histórico y cultural de San Fernando. Está declarado Bien de Interés Cultural y Lugar de Memoria Histórica por la Junta de Andalucía, pero su ruina es un homenaje a la desidia general y un reto a la imaginación reconstructiva. Es un camposanto sin cruces, sin lápidas y sin epitafios. Más de treinta y una toneladas de huesos humanos reposan en ese solar, pero no hay nada, ni el menor hito, que los recuerde. Y todos esos muertos merecen respeto y nuestra memoria. ¿Seremos capaces de hacer lo necesario?

Veremos caer el muro del cementerio

15 septiembre, 2015

Hace más de cuarenta años, cuando corrían los primeros de la década de los 70 del siglo pasado, la esbelta cruz botonada aún seguía coronando el pórtico piramidal. Y, desde luego, no era la primera generación de niños que jugaban en el camposanto abandonado. Los de la Casería lo venían haciendo desde hacía décadas.

Cementerio_Osario_Esquina

Paquito y Antoñín cuentan que por esos años –los primeros de los 70- la puerta del Cementerio de los Soldados estaba tapiada, pero eso no planteaba el menor inconveniente para colarse. No hay disuasión posible que evite la curiosidad de un niño ante el reto de un cementerio abandonado. Ellos entraban a través de un boquete en el muro, justo el que daba junto al viejo osario.

Por entonces era un boquete angosto, pero el tiempo y los procesos químicos y físicos –sin olvidar la barbarie de algunos- lo han ido agrandando hasta dejar la última hilada de ladrillos, y el copete que la corona, en una situación muy inestable.

Hace muy poco tiempo hemos perdido el dintel barroco de la puerta del Molino de Mareas de San José. Se ha caído a fuer de omisiones y dejadez… ¿Veremos caer este trozo del Cementerio de San Carlos a pesar de la evidencia y la denuncia, y a pesar de ser un BIC y formar parte del Mapa de la Memoria Histórica de Andalucía?

Sí. Lo veremos…

La ‘muerte’ de Blas Infante

11 agosto, 2015

Han enjaulado a los patos. Antes, cuando se cansaban de su estanque —que a veces parecía una espesa sopa de gusanitos—, atravesaban el parque con parsimonia de ánade, cruzaban la carretera y terminaban en el estanque de la rotonda de las Tres Marinas, que tiene un agua más fresca y limpia. Debe ser por eso. Era gracioso ver la parsimonia con que se tomaban la migración… y la paciencia de los conductores dejándoles el paso.  Luego, al atardecer, volvían a casa.

Pero, tranquilos, que no cunda el pánico, ya están enjaulados en su charca. Ya no son un peligro. Ya no se pueden escapar… Todo bajo control.

Fusilamiento_Franquista

Y un poco más arriba del estanque de los patos está el busto de Blas Infante. Era once de agosto, hacía 79 años de su asesinato y los mosquitos estaban esa mañana hambrientos de sangre humana… tan hambrientos como aquellos falangistas que sacaron al hombre de su casa y sin juicio y sin remordimientos lo fusilaron. Creo que hasta hoy día nadie ha pagado por tal asesinato. Nadie, ni ejecutores físicos ni ejecutores intelectuales. Nadie.

Tres parámetros confluyen en Blas Infante: andalucista, republicano y fusilado a discreción y sin juicio. Y de esos tres parámetros, el que me desasosiega es el de haber sido asesinado por un grupo de salvajes que actuaron con la simpleza que les proporciona la impunidad. Algo hay en la impunidad criminal que me provoca una tristeza física…

…puede que no haya esperanza para los hombres porque siempre repetimos los mismos comportamientos. Siempre.

Mi alcaldesa leyó un discurso excesivamente correcto. A veces me parece que buscar la equidistancia es colocarse en medio de todos, estorbando. Estábamos delante del busto de un asesinado por la barbarie franquista pero el texto pasaba de puntillas sobre el crimen. No se ofendió la memoria de ningún viejo asesino y/o descendiente ideológico de aquellos criminales de camisa azul. Yo no sé si hoy día, aquí, en San Fernando, mi pueblo, alguien se siente o se define descendiente ideológico de aquellas alimañas, pero si existieran, el discurso no los pudo ofender porque no los señaló, nada les recriminó. Mi alcaldesa hablo del futuro, de no utilizar la Memoria Histórica como arma arrojadiza… y utilizó la palabra muertepara referirse a la desaparición de Blas Infante, como si la aséptica palabra nos hiciera obviar el crimen. Muchos o pocos esperábamos que introdujera en el discurso los conceptos de asesinato o, al menos, fusilamiento… Pero me parece que no fue así. Dijo que un 11 de agosto murió Blas Infante. Y, lo siento, su tibieza me dejó sorprendido.

Hay un caballo de bronce en mitad de la plaza

12 julio, 2015

Varela_2013_P6107121Hay un caballo de bronce en mitad de la plaza. En el principal espacio público del pueblo. Lo monta Varela, un general franquista que participó en numerosos frentes durante la Guerra Civil española. Fue el primer Ministro del Ejército que tuvo Franco y, una vez muerto, elevado a la nobleza del nuevo régimen: es primer Marqués de Varela de la ciudad de San Fernando. En vida aceptó sobornos del gobierno británico para que influyera sobre el Caudillo Franco, y le convenciera para no participar en la guerra al lado nazis alemanes y fascistas italianos. Finalmente, en el año 2006 acabó «…imputado por la Audiencia Nacional en el sumario instruido por Baltasar Garzón, por los delitos de detención ilegal y crímenes contra la humanidad cometidos durante la Guerra Civil Española y en los primeros años del régimen…» Pero no fue procesado porque, entre otros asuntos —ya sabemos lo que pasó con el juez Garzón—, Varela había muerto hacía cincuenta y siete años. Pues eso, que el caballo y su jinete, brazo enhiesto, siguen ahí, en el mismísimo centro de la ciudad, como ejemplo de no se sabe qué.

Es la cosa del franquismo más visible que tenemos en la Isla. Según quien lo explique, la estatua ecuestre de Varela conmemora la valentía y heroísmo del militar, que le valieron dos laureadas, en las guerras coloniales de Marruecos. Otros dirían que conmemora a los vencedores de la Guerra Civil. Y últimamente podría ser que tengamos la estatua de uno que aceptaba sobornos y además es un presunto criminal contra la humanidad. ¿Quién sabe? Pocas ciudades pueden decir que tengan tal cosa en mitad del pueblo a estas alturas del siglo XXI. Los otros, me refiero a los perdedores de las guerras —los bereberes que defendía su casa o los republicanos que estaban en la suya—, no tienen monumento en ninguna plaza.

Pero no es la única cosa que enaltece a la dictadura del Caudillo. En San Fernando tenemos más cosas. En la esquina de la misma plaza pública aún permanece una placa de mármol que recuerda el sacrificio de la familia Lahulé, que perdió a sus cinco hijos en lo que llaman Cruzada de Liberación —lo dice la placa—. Sin duda una gran pérdida para cualquier familia… haya sido en una Cruzada o de cualquier otra forma.

Pero hay más. Ayer leí por primera vez otra placa de mármol viejo que debe llevar en ese lugar más de setenta años. Está en la fachada del Royalty, en la calle Real, y en pleno 2015 se cuenta en la placa que la horda revolucionaria mató en agosto de 1936 a no sé quién. Es la historia al revés. Orwell en estado puro. En el prontuario de los militares sublevados contra la república, los defensores del orden establecido se transformaron en horda revolucionaria. Estas placas de mármol viejo confirman la esperpéntica historia pemaniana que nos enseñaron los vencedores durante la posguerra… pero que continúan ofreciendo su leyenda al que alce la mirada y sepa leer.

Aquella era una historia de héroes, reyes y caudillos que pastoreaban a un pueblo iletrado, trabajador y sumiso. Un pueblo que sólo debía intervenir en la historia para aplaudir y agitar banderitas al paso alegre de la paz… Nos dijeron que la historia no era una cuestión de la gente vulgar, sino de líderes y de militares gloriosos. Pero también eso era mentira, la realidad es que sólo eran pobres conmilitones embrutecidos, que vitoreaban a la muerte y que, públicamente, odiaban la inteligencia. Bajo el impulso de esos valores elevaron la estatua de Varela en mitad de nuestra plaza, y la adornaron con mármoles que hablaban deCruzadas que nos liberaron de las hordas revolucionarias.

Ya no nos mueven esos valores, ni nos gobiernan pobres conmilitones embrutecidos, que vitorean a la muerte o niegan la inteligencia. Hoy nos gobierna la gente que hemos elegido…

…y, sin embargo, no creo que sean valientes. Me temo que nuestros políticos dejarán estos símbolos como están. Todo lo más, quitarán los más discretos con nocturnidad. Y los muertos seguirán revolviéndose en las cunetas.

Asignatura pendiente

8 julio, 2015

Decía no hace mucho que viajar es una buena manera de redescubrir los valores de tu tierra. Pero hay otra forma más inmediata… enseñar tu pueblo a un forastero. Porque mientras lo haces te pones en los ojos y en las entendederas del otro, y de esa forma te obligas a mirar lo cotidiano desde una sorpresa autoimpuesta… y funciona.

En este caso le enseñé San Fernando, Cádiz y la Bahía a un sobrino nacido en Pontevedra, de padre cordobés y madre de Kent… que pasó la niñez entre meigas y la adolescencia en la pérfida Albión. Venía David con su novia, Esme, que vive en Bangor, una aldea minúscula en mitad de la campiña inglesa, a la sombra de los radiotelescopios de Jodrell Bank entre Manchester y Chester, donde sólo hay césped natural, zorros y conejos… Esme es tan británica y tan blanca que la llevamos en Mayo a ver la puesta de sol en la Punta de Trafalgar y se le puso la naricilla roja…

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— Por cierto, ahí enfrente Nelson y Collingwood nos dieron tela marinera. Tuvo que ser impresionante —les cuento, aunque ellos, como británicos se conocen muy bien lo de Trafalgar—. Dicen que el fragor de la batalla se oía desde Cádiz. Murieron no sé cuántos miles, y nos hundisteis muchos barcos, y los que pudieron escapar se refugiaron en Cádiz.

Oye, y sin acritud. Ni siquiera cuando hablamos de Gibraltar hubo tensión, todo lo contrario, nos reíamos de las pasiones que desata este asunto en algunos. Y, más tarde, cuando les llevé a ver el castillo de Santa Catalina y la Caleta, les conté que la flota inglesa bloqueó el puerto de Cádiz, y los restos de la combinada franco-española que sobrevivió a Trafalgar estuvo encerrada en la bahía cinco años… hasta que, de repente, ¡coño! nos hicimos amigos…

Cosa rara porque siempre habéis sido nuestros peores enemigos… pero bueno, durante tres o cuatro años fuimos amigos. ¡Fíjate tú por dónde!

Pues no faltan en nuestro entorno geográfico muestras de esa enemistad tradicional hispano-británica. Desde Punta Cantera, por ejemplo, con la bahía a nuestros pies, les conté que mucho antes, en 1587, el pirata Drake se reían porque para ellos es sir Francis Drake— entró en la bahía y destruyó un montón de galeones españoles que se estaban preparando para formar la Armada Invencible.

Y, ya puestos, sin acritud y sin mal rollo, les conté a David y Esme que en 1596 vino su sanguinario conde de Essex con un montón de holandeses. Tomaron Cádiz, la expoliaron, saquearon y la incendiaron. Luego quemaron la flota de Indias —que estaba ahí delante, a menos de un kilómetro de aquí—, y cuando se marcharon se llevaron como rehenes a la flor y nata de la ciudad. Un prenda el tal conde de Essex…

Pero es que después, en 1625, vino el hijo del conde de Essex, otro hijo de la Gran Bretaña… ­—cuando David le tradujo el verdadero sentido de la frase, Esme se reía— Desembarcó ahí delante, en Puntales. A Cádiz no pudieron entrar, pero a la Isla llegaron sin obstáculos… el problema fue cuando los soldados ingleses encontraron un montón de bodegas repletas de vino. Por lo visto cogieron tales cogorzas que los pocos defensores los mataban a placer.

Les conté que los británicos tomaron Gibraltar porque no pudieron tomar Cádiz en 1702. Les conté por qué el duque de Wellintong rechazó ser el Marqués de la Torre del Puerco. Les conté que ese tubo amarillo que serpentea por el Barrero es nuestro meridiano de greenwich… y que justamente en ese lugar las tropas británicas juraron nuestra Constitución… Sí, sí, jurasteis la constitución española de 1812…

…y uno comprende entonces que hay fuertes vínculos entre la geografía y la historia. Que la historia consolida un lugar hasta convertirlo en un ser vivo y palpitante.

Pero lo que realmente me enriqueció de estos días con David y Esme —además de redescubrir la belleza visual de nuestra geografía— fue la tolerancia y la ausencia de dogmatismo entre nosotros. Fue un placer comprobar que las personas están por encima de las patrias inventadas. Que la historia se escribe en cada lugar a la medida necesaria de cada patria… Y que los individuos somos mejores y nos podemos y nos debemos reír a carcajadas de los intentos patrioteros de los que manejan las conciencias a su antojo.

Por eso me entristece tanto que los españoles todavía no seamos capaces de hablar civilizadamente de nuestra guerra civil… Es nuestra asignatura pendiente.

Experimentar los contrastes

27 junio, 2015

El primer pueblo de la Mancha después de superar Despeñaperros era Almuradiel. Tiene nombre andalusí y cuando la vieja carretera Nacional IV lo atravesaba a todo lo largo, las aceras desplegaban decenas de tiendas que ofrecían sabores exquisitos, quesos manchegos, pan, vino, chorizos… Por entonces, cuando la globalización ni siquiera era una distopía de ciencia ficción, uno buscaba quesos sin etiqueta, caseros, sin control de sanidad; verdaderos quesos de autor, ¡y se encontraban! Y quién dice quesos, dice chorizos y vinos. Pero desde que hicieron las autovías, este tipo de pueblos ha muerto. Hace unos días atravesé la calle principal de Almuradiel y parecía un cementerio abandonado…

…me temo que casi siempre el progresó arrasa con lo sencillo, con el romanticismo y con las utopías. Lo global y hortera ha vencido sobre  la singularidad localista.

Luego, siguiendo la vieja Nacional IV llegabas a Santa Cruz de Mudela, con su caminillo de cipreses altos y tristes que sombreaba hasta el cementerio. Pero la autovía lo atravesó por medio y desde entonces los cortejos fúnebres discurren bajo el sol dando un rodeo. Hay una plaza en Santa Cruz de Mudela que se llena de niños y abuelos cuando templa la temperatura. Pero cuando hace frío es un pueblo tan desierto como Almuradiel. Es una ciudad de tres o cuatro mil habitantes. Correcta, no está sucia, tiene comercios, un centro cultural, farmacias, muy pocos bares, alguna cafetería, un mesón, un hotel… pero no es bonita. Apenas das un paseo aprendes que detrás de cada esquina no habrá nada sorprendente. Nada. Nunca.

En Santa Cruz de Mudela me miran. De alguna forma saben que soy forastero. Es un pueblo pequeño y se conocen todos los parroquianos. En las tres tardes que llevó aquí he descubierto que sólo tiene un lugar amable, la plaza del ayuntamiento, con sus juzgados, centro cultural y sus banquitos sombreados por árboles jóvenes. Incluso tiene el pueblo un cine Cervantes con aires de mitad del siglo XX.

Todas las tardes acabo sentado en uno de esos banquitos. Un grupo de madres jóvenes comen pipas y vigilan a sus criaturas… y de vez en cuando observo que me irán a hurtadillas. Hay también un buen número de abueletes distribuidos en grupos. Los abueletes no me miran. Unos charlan animadamente y otros solo miran al infinito. Tengo a mi lado, compartiendo banco, a un abuelete bien vestido y elegante. Está solo y no vigila a ningún nieto. Este va por libre. Hay una señora muy distinguida en silla de ruedas, es de las que se pintan el pelo de color blanco azulado. La chica que la empuja tiene una melena negra azabache, pero no he logrado comprobar si es sudamericana. Lo que si he visto en Santa Cruz de Mudela son señoras magrebies, con sus velos bien colocados, acompañadas de sus hijas con sus velos bien colocados. Y también hay negritos simpáticos e integrados en el pueblo, que hablan y bromean con las vecinas a voz en grito, mientras caminan por las calles estrechas y anodinas. No hay chinos en Santa Cruz de Mudela… de momento.

Aprovechando que suenan las campanas de la misa de ocho, me levanto y camino los doscientos metros pata visitar el templo. Es una iglesia robusta y vetusta, la de Nuestra Señora de la Asunción, del XVI, que parece de un gótico un tanto tardío. Una señora de pelo blanco reza en la segunda bancada. Un señor de pelo blanco camina con las manos en la espalda por la nave lateral. No hay nadie más, no hay misa de ocho. Un señor de mediana edad, atezado por el sol perenne de la calle, y con una mochila mugrienta en el suelo, pide limosnas en la puerta, como Dios manda.

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Jamás faltan las iglesias en los pueblos de las Castillas. Esta, la de Santa Cruz de Mudela, tiene delante una cruz de piedra a la que han arrancado el aguilucho fascista y ahora se supone que es un homenaje a los caídos en la guerra civil, sin distinción. Y tiene otra cruz que recuerda a la que los cruzados cristianos levantaron en este sitio después de vencer a los moros en la batalla de las Navas de Tolosa. Fueraparte de ese detalle ocurrido en el año 1212, no tiene nada más…

…por eso me estuve acordando de mis amigos patrimonialistas de la Isla de León, porque en San Fernando tenemos un patrimonio histórico extraordinario al que apenas sacamos partido. No hay nada mejor para redescubrir el patrimonio de tu pueblo que viajar a donde no lo hay…

…es el eterno recurso para percibir de nuevo lo que posees y de lo careces: experimentar los contrastes.

Un capítulo complejo

15 abril, 2015

El Cementerio de los Soldados

Publicado en El Castillo de San Fernando el 14 de Abril de 2015.

Llevo algunos meses recuperando datos históricos sobre un viejo cementerio militar. No sé qué pasará finalmente con toda la información que llevo recuperada, pero si algún día soy capaz de darle forma de libro comenzará así:

«Hay en San Fernando, a orillas de la Bahía de Cádiz, muy cerca de la llamada Casería de Osio, un cementerio olvidado pero repleto de historias y de algún héroe anónimo…»

Me gusta porque es un comienzo que promete historias, y puede que forme buenas expectativas en el hipotético lector. Es curioso, pero observando la gráfica que relaciona los enterramientos anuales en este cementerio se percibe una relación directa con las circunstancias históricas del siglo XIX en San Fernando. Cada pico de mortandad coincide con un hito histórico militar o sanitario… No sé, nunca había pensado estudiar el XIX a través del número de sepelios en un pequeño y remoto cementerio. ¡Cosas veredes, amigo…!

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Pero ando estos días dándole vueltas a la redacción de un capítulo un tanto complejo. Es la parte que relaciona el Cementerio de los Soldados (también se le conoce en San Fernando como Cementerio de los Franceses, de los Ingleses o de San Carlos) con fusilamientos de republicanos junto a sus muros y con los enterramientos clandestinos de esas víctimas en sus inmediaciones o en el propio solar del cementerio. No hay documentos. No hay evidencias. Sólo indicios y viejos relatos. Memoria oída a padres y abuelos. Los represores tuvieron toda una generación para ocultar las pruebas, o para destruirlas si es que alguna vez las hubo. Al fin y al cabo, para eso se ganan las guerras, para disfrutar de la impunidad conquistada.

Cuando se habla de represión fascista en San Fernando hay que recurrir inevitablemente a Trigo Tronzado, el libro que escribió y editó José Casado Montado en 1991… libro que denunciaron los descendientes de algún criminal (malparado en el recuerdo de Casado) y que un juez secuestró de las librerías…

…y hablar de Trigo Tronzado es hablar de sus fuentes documentales. José Casado Montado sisó la información de un Libro Único Secreto que mandó redactar el Iltmo. Sr. Vicario Capitular del Obispado mediante una orden especial. En ese libro se relacionan los…

«Feligreses de esta Iglesia Mayor Parroquial (I.M.) y de la de San Francisco de esta (S.F.) que asistidos en la hora de su muerte, decretada por Consejo de Guerra (C.G.) o por Ley de Guerra (L.G.), por Sres. Sacerdotes de la localidad, son anotados en este libro único secreto por orden especial del Iltmo. Sr. Vicario Capitular del Obispado (S.V.)…»

Por eso siempre hubo sacerdotes que confortaron espiritualmente a las pobres víctimas antes de cada fusilamiento. Y una vez confortadas se les aplicaba la justicia que repartían a balazos militares y falangistas, servidores todos ellos de la Cruzada de Liberación Nacional.

No sé cómo plantear este capítulo… Podría decir que en todas las guerras y en todos los bandos, cuando campa la impunidad, cuando desaparecen las reglas éticas y cuando se inventa una moral que justifica el crimen, aflora lo peor del ser humano (…sobre todo si ese ser humano ya contiene lo peor) Podría decir que el 18 de julio de 1936, en San Fernando triunfó la rebelión contra la II República Española desde el primer instante, y ocurrió lo que suele ocurrir en estos casos, que durante la Guerra Civil que se inició, y después de ella, los sublevadosrepresaliaron sin la menor oposición y con total impunidad a un número indeterminado de personas que no secundaron el Golpe de Estado. Podría decir entonces que demasiados ciudadanos fueron encarcelados en los calabozos del Ayuntamiento, en el Penal de Cuatro Torres de la Carraca y en el Presidio Naval de la Casería de Osio. Y que los más señalados, o los menos afortunados, fueron ejecutados por el supuesto crimen de haber sido servidores de la república, militares fieles al mandato democrático, políticos electos, hijos de políticos electos, sindicalistas o simplemente personas incómodas para los nuevos amos de la situación. Los unos, empoderados por la fuerza bruta de las armas, y los otros, detentadores de la nueva moral que justificaba la masacre. Y podría suavizar la cosa diciendo que es el mismo patrón criminal que se repite en todos los tiempos históricos, en todas las guerras fraticidas y en todos los colores políticos.

…pero no sé si estaría escribiendo con acritud. Esto, dicho así, no va a gustar a muchos o pocos. Y me gustaría ser conciliador en la redacción de este capítulo.

Estos días, en un hilo de facebook, releyendo un artículo de Vanessa Perondi (El quinto hombre del pelotón) he visto que el descendiente de una de las víctimas sólo quería saber dónde estaba su abuelo para llevarle una rosa… Y otro comentario señalaba que hoy día esparcimos las cenizas de nuestros difuntos y nos quedamos sin lugar físico dónde colocar esa rosa. Decía que los recuerdos permanecen en el corazón más que en un rincón concreto, y que mejor sería olvidar y enseñar a nuestros hijos y nietos a no repetir la historia…

Cerca ya de ochenta años nos separan de ese horror y aún siguen vivas dos posturas diametralmente opuestas, y aflorando penas en ambos lados. Unos, reclamando el cumplimiento de los más elementales derechos humanos para las víctimas, y otros suplicando la amnesia colectiva para evitar que se reabran viejas heridas.

Ya todo eso es historia, y no creo que la debamos olvidar. Lo que deberíamos hacer es superarlo de una puñetera vez, y hablar abiertamente, sin acritud, sin despecho, de lo que pasó. Los presuntos culpables ya están muertos. Y hasta Paul Preston habla del Holocausto Español cuando se refiere a la represión fascista. Porque la hubo y fue sistemática hasta exterminar todo asomo de regresión a la normalidad democrática. ¡Creo que eso es un hecho!

Pero, no sé… después de esta reflexión sigo sin saber cómo plantear estar cosas sin callar nada y sin generar rechazo. Veremos…