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Juan Correro. Lobo de mar

7 mayo, 2015

Estábamos en el pasillo de un hospital, y recuerdo que a Lobo de Mar se le iluminó la cara mientras contaba la pelea que tuvo con un atún en mitad del estrecho. Él ya estaba enfermo. Una mierda de cáncer intratable carcomía su cuerpo, y aún así había salido a navegar con sus sobrinos. Llegaron a Ceuta en el barquito, se comieron una paella en el Parque del Mediterráneo y a la vuelta lanzaron la potera sin muchas esperanzas. Decía que el bicho picó a las cinco de la tarde, y que eran las once y seguía peleando. Que cuando consiguieron subirlo a bordo se le clavó uno de los anzuelos en la pierna y mientras intentaba cortar aquello con unos alicates, el atún dio un último coletazo y saltó otra vez al agua…

Bueno —dijo—. Nos quedamos sin atún, pero cada uno, a su mane-ra, demostró que éramos capaces de conseguirlo. Un bicharraco con tanta vitalidad merecía vivir, tío.

Marina_del_Este

No hace mucho que nos conocíamos. Ellos —Lobo de Mar y su mujer— son amigos de mis hermanos. Y eso se percibe: hay personas con las que estableces corrientes de simpatía desde el primer momento y con ellos ocurrió así.

Recuerdo que su barquito estaba atracado en Marina del Este, cerca de Almuñecar, y a fuer de acompañar al grupo de amigos le fui conociendo. Era un cincuentón vital; alto, canoso, bien parecido, delgado y fornido. Corría, buceaba, visitaba diariamente el gimnasio. Llevaba una vida sana… Y hasta follaba todos los días, fanfarroneaba. Entusiasmado como un niño estaba con una aplicación de su móvil que le permitía identificar todas las estrellas del cielo…

Y se hacía muy duro oír a un hombre tan vital decir que los médicos no le daban esperanza, que lo único que le ofrecían era tiempo… y en esas circunstancias, cualquier tiempo siempre resulta escaso. Era muy difícil conversar de la muerte con un hombre al que aprecias… y el caso es que parecía que no existiera otro tema de conversación. Y se mostraba sorprendido y dolido… pero si yo he sido un tío sano toda mi vida, no he fumado, corría, buceaba, me cuidaba

Todos sabemos que la muerte nos acecha, pero nos dolía a todos que la suya tuviera fecha. Y le cuentas entonces tu experiencia… Fíjate en mi compi, desde que superó su cáncer no hacemos más planes que los inmediatos. Vivimos el día, sin pensar en el siguiente. Pero créeme, tío, no son palabras teóricas, es real: no hacemos planes. Vivimos a lo que salga…

Pero no creo que le sirviera de mucho. No sé… cuando hablamos por última vez habría dado cosas muy valiosas por ver feliz a Lobo de Mar.

No es difícil estar muerto, Milan —me dijo ese día—. Te lo digo de verdad. Lo malo es la espera

Hoy se te acabó el tiempo, compañero y sigo pensando lo mismo que tú…

…un bicharraco con tanta vitalidad merecía vivir, tío.

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El tuerto imbécil

25 noviembre, 2014

Ochenta y siete pasos hay de un extremo al otro del pasillo. A ambos lados las puertas abiertas ofrecen al paseante el interior de veinte habitaciones de hospital. Las habitan pacientes de la sanidad pública recién operados de algo. Cada uno enchufado a un gotero de medicamentos… Y siempre sedientos de analgésicos, no porque escaseen sino porque uno siempre quiere más, por eso se oyen a veces suaves lamentos. Los pocos enfermeros/as (criminales recortes los han convertido en rara avis) no paran de ir y venir. Y conforme pasan los días, a fuer de cruzarte en el pasillo, te haces amigo de otros pacientes que lo recorren arrastrando pies, goteros y drenajes sanguinolentos. ¿Cómo va la cosa, amigo? Aquí, poquito a poco…

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Al fondo del pasillo, los fumadores incontrolados han abierto la puerta de emergencia y conformado un fumadero clandestino en el descansillo exterior, al aire libre. Allí coinciden los fumadores y los que acabamos aburridos de contemplar las cuatro paredes… Iba a decir las cuatro paredes blancas, como decía Serrat, pero ya no son blancas, son azulinas y crema. Los hospitales ya no son lo que eran en cuanto a estética y atenciones.
Desde el fumadero clandestino, en el segundo piso de las escaleras de incendios, vemos la zona ajardinada. En el suelo, cada diez metros, hay pintada una señal de prohibido fumar, pero nadie hace caso y aquello está regado de colillas y fumadores. A mi me hace gracia esta especie de rebeldía intrascendente. Una joven pelirroja fuma justamente encima de una señal… Merecía una foto, pero no llevó el móvil encima. El sol de otoño le llega desde atrás y parece que tiene un halo dorado en la cabeza. Habría sido una foto sugerente. Hay una taxista rubia de bote en la parada. Tiene el pelo como Teófila Martínez, la alcaldesa de Cádiz. Cuando servidor era pequeño no existían alcaldesas, ni mujeres taxistas, eran asuntos de marimachos… Se decía así. Y recuerdo entonces a África la macho, un personaje muy querido y popular en la Ceuta de mi niñez.
Un paciente con apósito en el ojo derecho (si fuera negro parecería un pirata) ha salido al fumadero del segundo piso, le acompaña su cuñado, un hombre de arrugas muy pronunciadas. El cuñado le cuenta que cuando se marche va a echar un palangre con no-sé-cuantos anzuelos, que hace muy buena mar hoy. Y que los va a encarnar uno por uno… los anzuelos, dice. Y el paciente, entré calada y calada, le aconseja que se lleve un puñado de guantes de goma, de esos que usan las enfermeras, para la cosa de encarnar anzuelos, que están ahí, sin vigilancia, en el control de enfermería. Total, nadie se va a dar cuenta. Mi Compi y servidor nos miramos aguantando las ganas de decirle al tuerto lo imbécil que es.
Y, no sé… Parece que fuéramos un país sin conciencia de lo común. Generalmente no entendemos el respeto y el mimo que todos debemos a lo que es común, a lo público, a lo de todos. ¡Cómo no vamos a tener corrupción si muchos la llevamos circunscrita en nuestra propia incultura, y la ejercemos a nuestro nivel, aunque sea un nivel ínfimo e inapreciable! Cómo vamos a cambiar algo sí nos callamos cuando tenemos ocasión de afear estos comportamientos… De esa forma, dejándolas estar, difícilmente contribuimos a cambiar las cosas.